Paisaje. 1995
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"Intentar describir el proceso de mi investigación es totalmente absurdo, sólo intento tener unas verdaderas vivencias con mi propio ser, en definitiva, saber que la forma más sabia de vivir es mostrar tu propia vulnerabilidad". El que habla es Carlos Matallana y su lenguaje es el del pensamiento débil de la postmodernidad y su optimismo. El mestizaje estilística, que lo rebota de la abstracción geométrico al paisaje y la figuración, no admite dudas sobre su adscripción. La primacía de la experiencia la confirma y la valoración del genius loci, que en este caso es la luz de las islas, disipa cualquier duda. Estamos en un periodo transvanguardista. No existen dogmas, la mera acción de pintar.
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| "Bodegón con diez naranjas" | "Paisaje del cielo amarillo" | "Florero del jarrón amarillo" | "Paisaje" |
El alma de su pintura es el color y su pulmón la luz. Los motivos cambian, la imagen es voluble. Su luminosidad esencial es lo que determina y sentencia el abandono a la intuición y a lo emotivo. El color dispendia simbolismo y subjetividad, es el medio por el que Carlos Matallana revela un temperamento sensible a lo voluptuoso. Persuade por la belleza, por la magia de la poesía y el ver. No es de esos pintores que ignoran el hedonismo de la vista, el órgano primero que percibe la pintura, y que fían todo al presunto componente analítico, intelectual, conceptual. Castradores de la mirada que no sospechan que el cuadro, además de un ideograma. puede ser un objeto para el deleite sensual.
Carlos Matallana se esfuerza para que su arte penetre con nitidez y claridad. Ahonda en lo singular de su experiencia, en su forma de acercarse a las cosas y en el modo en que se las regurgita su pintura. Vindica el placer de mirar, la cualidad epicúrea de la vista que nos permite admirar colinas azules y cielos de color azafrán.