Souvenir Bretón
El arte de nadar
Sin título
Papel Japonés
Sin título

Palomas abatidas en sangre, imágenes del sacrificio de vacas en un matadero y del artista acuchillándose. La propuesta inicial de Fernando Álamo es teatral y sádica, desborda los límites del lienzo e instaura su cuerpo como materia expresiva. Una travesía efímera por el Body art y sus metáforas que Fernando Álamo concluye trasladando sus obsesiones al cuadro, a un espacio pictórico en el que abundan los peces ensartados, los instrumentos de tortura y rituales perversos. Una obra rica en alusiones donde la imagen es tan significativa como el modo de pintarla, provoca asociaciones y estimula la sensualidad. Así, en el Papel japonés, asistimos al abrazo letal de una mujer extasiada de placer que hunde unos palillos en la espalda de su amante. A su alrededor, unos lirios violados y signos caligráficos orientales, completan una escena de amor y muerte que anuncia el hálito sexual de su obra posterior.

Epifanía de la lujuria y la voluptuosidad que se manifiesta en adiposos cuerpos desnudos, en una vegetación exuberante, en frutos tropicales y aves selváticas. Las figuras emergen en un espacio entrampado con el cubismo y el expresionismo abstracto americano, que se prolonga en su serie “El arte de nadar”. En esta obra la composición es atravesada horizontalmente por unos personajes que intentan mantener a flote su identidad en un mundo caótico y de belleza convulsa. Sólo la cabeza asoma, el cuerpo, atrapado por la turbulencia, es una forma ambigua que devora el entorno o algún perro sanguinario. El rostro del “nadador” es siempre el del artista, que afirma el carácter autobiográfico y exhibicionista de su pintura, su desinterés por lo que no proceda de la experiencia de su Yo artístico hipertrofiado.

A partir de este momento, la figura humana desaparece de su pintura, que se manifiesta menos exaltada y más diáfana. El cuadro deja de configurarse como una proyección egocéntrica; el artista ya no es la materia pricipal de su trabajo y la problemática de la pintura como lenguaje autónomo se impone. La temática es el mundo animal, la historia natural y unos extraños objetos cilíndricos. La estrategia, la apropiación: de imágenes encontradas en viejos manuales de zoología,de botánica o de historia del arte, que anexiona iconoclastamente a su espacio pictórico. Sacadas de su contexto natural, las manipula y les transfiere una suerte de perplejidad surrealista, con un marcado componente sexual. Así, podemos encontrar a un conejo de Alberto Durero rodeado de sandías en un espacio ingrávido. El color lechoso del fondo, la cicatriz roja de las sandías abiertas y la asociación de la palabra conejo con el sexo femenino iluminan el erotismo de la composición. De un modo similar a como la activan en otros cuadros los cilindros/penes envueltos en goma.

La pintura de Fernando Álamo es una máquina sofisticado, con abundantes citas y alusiones. En sus últimos trabajos, los animales se transforman en bestias, en fábulas de la pasión irracional y la sexualidad cruda. El animal ya no es una imagen encontrada en viejas láminas e incorporado a su discurso, es la bestia que ya está entre nosotros y que también es el artista (a menudo lo acompaña con letras que reproducen su nombre: Fernando Álamo). Es una figura metafórica del hombre actual y su civilización, donde los valores espirituales han sido amputados y la obscenidad animal campea.


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