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| Ositos | Una partida de billar | Gorila y rosa |
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| La belleza penetra gradualmente |
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| Sin título |
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Aunque en un primer momento, Juan Luís Alzola bosqueja una cartografía de la identidad canaria, recreando las espirales de los grabados aborígenes y las formas triangulares de las pintaderas, los contornos de las islas y su deriva acuática, pronto su discurso resbala hacia un cuestionamiento de la identidad del arte y la función del artista en el mundo actual. Su obra es, desde entonces, una especulación plástica sobre la ontología del arte, embutida con desmitificación e ironía. Finge desatender la tradición artística e instaura la sospecha de que el arte no tiene tanta importancia como nos han hecho creer, de que la creatividad está en la vida y, puede ser, también en el arte. En cualquier caso nos movemos en un terreno postdadaísta.
El arte es más un juego y una posibilidad de reflexionar sobre la existencia que una máquina insensata que no para de producir objetos más o menos bellos. Se ha hecho vieja, y es sabido que sólo a los jóvenes les apetece jugar. Juan Luis Alzola se sostiene en la adolescencia, en sus cuadros es inútil buscar texturas densas, difuminados, veladuras, o la emoción de la plasticidad. Lo que apuntan no es retiniano ni exclusivamente mental, la obviedad pictórica es sólo la carátula de un juego, de una forma de moverse por la vida.
En su obra no existen reglas precisas sino indicios de la necesidad del humor, de la desconfianza por lo severo, de la inocencia del animal, del desprecio hacia la grandilocuencia y lo excesivo. Del destino de soledad del hombre y de los animales, del que nos informa un pato abstraído en el juego del billar, un orangután risueño, un gato solitario, un oso enternecido, o unas aves que pasean su aislamiento entre plantas perfumadas de Oriente. Una obra de apariencia modesta que nos acerca gradualmente al ámbito de la belleza sin recurrir a alardes técnicos o al impacto formal.
Para Juan Luis Alzola el virtuosismo no es lo esencial de la obra de arte. En este juego es más importante la actitud que la destreza, la opción que el desarrollo. Al orgullo del oficio opone una obra deliberadamente imperfecta, como 1a vida misma, más abocetada que acabada. La ejecución material es humilde, a menudo en papel y con trazos descuidados. Al afirmar la vida como la auténtica forma artística, la pintura deviene en mera secuencia especular, en su imagen difuminada. Precisar sus contornos no ayuda a reproducirla, es sólo una vanidad manual que Juan Luis Alzola esquiva. Su pintura pretende informar de un modo de ver la vida, no de los arcanos de un oficio que se ha vuelto onanista y sólo habla de sí mismo.
Sin ampararse en un estilo, ni en una identidad plástica reconocible, Juan Luis Alzola merodea por el mundo del arte. La disparidad de enfoques de sus propuestas y la ausencia de una factura pictórica definitorio, convierte a su obra en un campo de posibilidades, en un discurso abierto que reflexiona sobre la naturaleza del arte y su encarnación en la vida.
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