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Juan Bordes es un artista obsesivo, el estudio del cuerpo humano acapara su discurso, la angustia existencial lo vivifica y la plasticidad es su atributo. La ambivalencia es la estrategia de su presentación, tradicional y vanguardista, violencia en el contenido y exquisitez en la forma, revisión de la historia e invención, alaridos expresionistas y lenguaje clásico. Las esculturas de Juan Bordes dialogan con el espacio en el que se inscriben alterándolo traumáticamente, pero apenas se relacionan entre sí. Comparten su ausencia, reductos de la soledad y el dolor, o emblemas de después de la catástrofe, ocupan teatralmente el espacio de la exposición introduciendo una nueva ambivalencia: la capacidad teatral del cuerpo humano, del actor que comunica sentimientos, y se mide con un escenario al que da la réplica.
Vistas individualmente, cada estatua irradia claridad, emana luz y actúa como un foco energético que no oculta laceraciones y pequeñas heridas en su superficie. El cuerpo humano desnudo y frecuentemente con los miembros amputados, no deja de ser hermoso, sigue siendo el confín del ser. Las ablaciones y los desgarros en la piel también son útiles para el propósito del escultor: recuperar lo específico y esencial de la plasticidad en un mundo artístico que ha desviado las valoraciones.
La figura humana sola y bajo la luz del rayo poético es sometida a violentas contorsiones, se convierte en estudio de posibilidades de la forma y en ámbito de la experiencia. La angustia la frecuenta y la modela, no muestra su destino al tiempo que evoca un pasado donde los hombres y mujeres no habían sido amputados.
El sentido trágico de su escultura adquiere mayor énfasis cuando la vemos en un conjunto expositivo o acumuladas en un taller. Lo que antes era drama individual es ahora la tragedia de la humanidad. Barbara Rose en su monografía sobre el artista precisa: individualmente sus figuras pueden crear desasosiego y desorientarnos, amontonadas en la especie de garaje que es su estudio y fotografiadas una encima de las otras, no pueden evitar evocarnos imágenes grabadas en la conciencia colectiva de nuestro siglo sobre los campos de concentración y exterminio, de la carne carbonizada de las víctimas de Guernica e Hiroshima. Como oposición a las formas abstractas e intemporales de Brancusí, de líneas claras y puras, los desnudos de Bordes no sugieren la paz del paraíso perdido, sino el caos del apocalipsis.
A esta lúcida interpretación sólo habría que añadir que Juan Bordes más que un notario de los horrores del siglo veinte y sus desastres, es un escultor y un arquitecto que no construye bellos poemas habitable', sino que investiga las formas y sus relaciones con el espacio, las posibilidades expresivas de la figura humana y su capacidad de alterar el espacio arquitectónico. La entonación trágica no amortigua otras fuerzas perturbadoras, algunas irracionales como el deseo en su serie inicial de termoplásticos, y otras intelectuales como la obsesiva investigación del canon, la medida y hasta el peso en sus últimas obras. Una concepción clásica de la escultura que viene del futuro, un regreso al cuerpo después que la escultura contemporánea lo había declarado inapto, un rescate que tiene mucho de invención.
La imaginería de Juan Bordes renueva la concepción estatuaria conciliando clasicismo con expresionismo (Cánovas con Rodin), vanguardia con antigüedad (Brancusi y la escultura grecorromana). Abre el camino para una nueva escultura liberada de dogmatismos, que utiliza el pasado, presente y remoto para proyectar la pulsión de un artista que ha encontrado en la figura humana un sujeto capaz de apropiar el espacio y apto para sistematizar la fisiología del movimiento.
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