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Corrosiva y sensual, la pintura de Cándido Camacho se nutre de escarabajos y cucarachas, de hojas de árboles y plásticos lúbricos, de descomposíción y deseo. La voluptuosidad del espacio pictórico desborda el lienzo y se propaga al marco que, astroso, roto o quemado, descuida su función ornamental y deviene sustancia del discurso del artista. Todos los elementos del cuadro participan y conviven en un espacio ácrata y sin jerarquía, de gran complejidad compositiva y vocación barroca, animado por un dibujo grácil y precipitándose en un ámbito de indeterminación informalista. Un espacio que encuentra la belleza en el deterioro, que escarba en la podredumbre con morbidez y le extrae una plasticidad insólita.

La profanación del soporte físico tradicional es también una metáfora de la corrupción ecuménico de la sociedad y sus valores, de la vastedad del deterioro que no admite límites y se expande libertinamente. Una alegoría de lo putrefacto que el artista convierte en poética y deleite sensorial, y que utiliza arbitrariamente estrategias formales del informalismo, de las “pinturas combinadas” y del neodadaísmo. Al servicio de un pensamiento decadente, nacarado por la fuerza oscura y turbadora de la sexualidad, del instinto de vida y de la naturaleza fecunda del erotismo, enfrentado a Tánatos, el anciano dios de la muerte y la destrucción.

Agitada por impulsos existenciales, su pintura no cuestiona la eternidad de la belleza ni vindica lo perenne, como los artistas de la “estética del desperdicio” que propiciaban el que la obra de arte se fuera destruyendo con el paso del tiempo, mediante el uso de materiales perecederos. Por el contrario, Cándido Camacho, revela el concepto de desgaste pero no su virtualidad, los elementos que incorpora a la tela no tienen autorización para devorarla, aunque sean insectos. Ilustran una situación que desencadena el proceso creativo, pero no le interesa realzar el carácter efímero de la obra de arte, sino producir cuadros, encontrar lo bello en la auténtica decrepitud e inmortalizarla.

Su traslado al recinto artístico es cuidadoso y esteticista, los escarabajos de piel lustrosa son embutidos en el lienzo con una delicada labor de taracea, al igual que los elementos vegetales y los condones. Los marcos, rescatados en anticuarios, han sido fragmentados con cautela y esmero. Todos los componentes del cuadro mantienen sus características formales y se les refuerza su consistencia, para que pervivan con su autenticidad en el espacio pictórico y desencadenen procesos asociativos inesperados, encuentros azarosos que ocasionan perturbaciones estéticas de calado surrealista. En cualquier caso, todos los elementos están sometidos a criterios compositivos, a la homogeneidad de la imagen que los reclama como parte de una totalidad plástica, su presencia es siempre complementaria. No es un entomólogo, ni un botánico, sino un artista moderno que arrasa con los dogmas y se vale de cualquier procedimiento técnico que sirva para redactar su discurso. Un discurso que incide en los aspectos corrosivos y que halla la belleza en la descomposición y en lo putrefacto. Lo bello está en todas partes si se sabe mirar, es una idea que puede ser independiente de su apariencia que diría Platón.

Mi insistencia en la belleza en la obra de Cándido Camacho obedece a que creo que es el fundamento de su poética, lo que motiva todo su trabajo y a lo que se supedita. Es, en este sentido, un artista clásico, preocupado por la armonía de los colores y la sensibilidad medida, que trabaja con materiales nuevos y rastrea la belleza donde otros son repelidos.


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