En nuestra deriva acuática y fronteriza, al margen de la gran historia de Europa, de sus grandes guerras y del horror, pero compartiendo su destino de san gre y civilización postindustrial, su cultura y su vicisitud. Con la retina africana, la sensualidad del trópico y la lujuria indolente de la América mediterránea, en una frontera que también es encrucijada y tránsito, lugar de partida y encuentro. A donde llegan noticias del mundo, pensamientos de otros hombres blancos, amarillos, negros y de los que tiñen sus mantos de azul; informes científicos de las catástrofes y de lo fractal, manifestaciones artísticas, visitantes zafios y turistas eruditos. Aquí todo es simultáneo y cosmopolita; en las Canarias, que antes se llamaban islas afortunadas y jardín de las Hespérides, la distancia no es emulación ni olvido, sino sosiego y conflicto. Tenemos una educación clásica y una propensión innata hacia lo barroco; la naturaleza de nuestras islas es anómala, morfología de volcán y sangre de drago.

Y es sabido que cuando los artistas pronostican suelen equivocarse, respecto a Canarias en un número de siete, que es también el de las islas que conforman nuestro archipiélago atlántico. Jorge Oramas, Juan lsmael, Óscar Domínguez, César Manrique, Pedro González, Manolo Millares y Martín Chirino, precursores de los artistas que hospeda esta exposición. No todos reconocidos en el panorama internacional de acuerdo con su calidad, la mayoría francamente ignorados sin malicia, sólo por pereza intelectual.

Los artistas canarios que empezaron a trabajar en los años setenta y nutren esta exposición son la primera camada que está en el mundo artístico.

En los primeros años sus obras ilustran el agotamiento del proyecto de las vanguardias teóricas que entusiasmaba a Eduardo Westerdahl, el mentor de la modernidad canaria que tenía pasaporte sueco.

Dejaron de considerar lo nuevo como un valor "par se' y cuestionaron el sentido del progreso en el arte, en la sexualidad y en la naturaleza. Analizaron los estertores del arte minimalista y su deriva en el arte conceptual las dos últimas corrientes del movimiento moderno, la clausura de las guardias históricas.

A finales de esa década y a comienzos de la siguiente se organizan diversas exposiciones argumentadas con esa premisa, la obviedad deviene trascendencia. Había que preservar el oficio de pintor, los artistas se defienden de una agresión contumaz. A la cabeza los alemanes, desde un discurso postconceptual del expresionismo que unimisma la tradición con la vanguardia, junto'con los italianos que lo nombra, Transvanguardia, e incorpora el arte del novecento y la mirada rotativa. Un avance que se sustenta en el retroceso y en el deslizamiento, no sólo por la historia personal del artista, sino también por su memoria cultural. Y el arte quiere ser otra vez chispeante y sensual. Los americanos, pragmáticos y banales, reaccionan, no veneran la historia, buscan raíces urbanas.

Es fin de siglo, un momento propicio para aguardar acontecimientos, reciclar y ultimar lo que se ha apuntado en esos años.

Los artistas de esta exposición, que llevan casi veinticinco años trabajando, advierten esta coyuntura. También la importancia de un arte emergente que procede de las culturas tercermundistas y que el CAAM se ha ocupado de poner en cuestión. No forman una tendencia sino una suma de individualidades que ya es resta, algunos han muerto en el camino. Coinciden e un tiempo en el que desde Canarias es posible estar al corriente de lo que acontece más allá de nuestras liquidas fronteras, trabajan con probidad y rigor. El lugar de nacimiento no les ha otorgado una estética tribal pero sí ha confirmado su lenguaje individual. Esto es lo que les ofrece esta exposición, una pluralidad de lenguajes que no está anclada en la geografía sino en la memoria personal de cada artista, contaminados por la problemática del arte contemporáneo y cómplices de su historia personal y cultural.

Fdo: Carlos Díaz-Bertrana