Albero I
Hacia el paradigma y,
derrota y hundimiento
del Teodicea
Sin título
Naturaleza muerta
Europa

La cultura urbana, los engranajes del mundo contemporáneo y su tecnología, las nuevas relaciones visuales y metafóricas que surgen de la dialéctica entre los productos industriales y la naturaleza. Una valoración de la luz como dibujo o modulación de espacios, una concepción acumulativa de la imagen y un soplo nostálgico. Estos son algunos de los ingredientes que sustentan la obra de Leopoldo Emperador . En sus primeros trabajos, el neón, con su andamiaje de cables y transformadores, repta por la pared y se inscribe como una caligrafía de trazos lumínicos y blandos, que puede relacionarse con los “tubos de neón atados” de Keith Sonnier. Son dibujos en el muro, que pronto el artista trasladará al espacio y se configurarán como esculturas. La que vemos en esta exposición, Albero I, es de desarrollo vertical, con una espiral en el centro y una superficie de almagre en la base.

La escultura es un árbol de luz, unida a la tierra de la que se nutre y nace. Leopoldo Emperador nos emplaza a un diálogo poético entre la na turaleza y lo artificial, lo que está hecho por el hombre. La preferencia que tiene el impacto formal, sobre lo alusivo y lo asociativo, justifica la consideración de estas piezas como esculturas del último minimalismo que ya divisa el arte objetual. Y que lo encuentra, dentro de la corriente del ensamblaje, en su siguiente obra. Unas cajas poéticas que acumulan piedras, pieles, neones, mapas del cielo y otros objetos heterogéneos. Una propuesta que se articula con un concepto ampliado del “collage” que tiene a Joseph Cornell como ilustre precursor. Un espacio donde las sugerencias y las asociaciones son el medio por el que el artista descubre su sensibilidad personal.

La investigación de nuevos soportes expresivos y la exploración de la ontología del lenguaje artístico, conduce a Leopoldo Emperador al mundo de las “instalaciones”. La que presenta en esta exposición, “Depósito para el abastecimiento de ideas”, está estructurado en tres espacios, ocupados por una mesa, una pirámide truncada y siete matraces con líquidos coloreados. El conjunto evoca una estructura ingenieril obsoleto, una máquina improductiva a la que el artista impone una lectura estética. Apropia su inutilidad y sugerencia formal, incorpora citas culturales (la grasa de Beuys) y afirma la identidad del artista que incorpora unas radiografías de sus manos. La nostalgia por una imagen del pasado que el creador convoca y manipula, se transforma en una realidad artística. La inutilidad deviene recinto del pensamiento y depósito de ideas.

La contundencia de la imagen y la unidad estructural de la obra la diferencian de las instalaciones evanescentes que disuelven la formalidad en el concepto. Y, su aprecio por la volumetría plástica, lo sitúan cerca del paradigma expansivo de la escultura contemporánea.

En los últimos años, la vocación escultórica que apuntaban los neones y el esmero con que elabora las piezas de sus instalaciones, culmina en la escultura como soporte principal de su discurso. Unas esculturas excitadas por inquietudes similares a las de la obra anterior de Leopoldo Emperador: un concepto acumulativo del objeto artístico donde confluyen las citas culturales con los objetos encontrados, la memoria del artista y su pulsión vital, la nostalgia por las formas de la escultura del siglo veinte y la aventura de los nuevos lenguajes expresivos.


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