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| Bosque | De la orilla al horizonte | Gaviotas |
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| Landscape | Playa |
Cuando García Álvarez empieza a pintar, a finales de la década de los setenta, el arte conceptual languidece. Muchos artistas están hartos de su retórica y su dogmatismo pretendidamente intelectual, de tanta trascendencia y tan poca sensualidad. Los artistas aportan demasiada teoría, intentan cambiar el mundo más que vivirio, sustituir la certeza de la sensación por la especulación metafísica. Parece como si, en una sociedad de tecnología avanzada, los artistas recelasen de la sensualidad y sintieran pudor por crear objetos hermosos.
García Alvarez no participa de estos planteamientos y va a centrarse en una obra que restituya el hedonismo a la pintura. Inspirada en la filosofía epicúrea de la búsqueda del placer y el deleite del cuerpo, de la alegría del vivir y del diálogo sereno con la naturaleza. Prescinde de los aspectos dra máticos de la existencia y resalta los sensoriales, confía más en los sentidos que en la especulación intelectual. Sus cuadros ilustran la confluencia de una visión optimista de la naturaleza con un concepto afirmativo de la vida.
En su apariencia externa destaca la exaltación del color en tonos cálidos y luminosos, la abundancia de espacios vacíos, la sumisión del tema al efecto visual y la ausencia o simplificación de las figuras que, cuando aparecen, no son más que gráciles líneas curvas, arabescos apresurados que dinamizan la composición. El protagonista del cuadro es siempre el color, desplegándose en libertad, conciliando armonías y disonancias, chorreos verticales con zonas horizontales. Expandiéndose en la superficie, transmitiendo emotividad sin ilusionismo ni perspectiva, imponiendo una secuencia abstracta que trastorma las referencias realistas.
La pintura de García Alvarez, aunque parte siempre de elementos naturales, no tiene vocación representativa, sus paisajes no evocan sino que procuran asociaciones de conceptos generales. El mar, las orillas o el horizonte que pinta García Alvarez están transfigurados en un espacio mental, inventado por el artista, no puede reconocerse en la naturaleza. Ésta es el origen de su pintura y el artista no lo oculta, le proporciona el motivo para iniciar su discurso y la respeta, pero siente la necesidad de transgredirla, de mostrárnosla de una forma que nos haga apreciar su belleza y su poder de seducción. Hoy, que ya casi no vemos la naturaleza y que la menospreciamos, es necesario recurrir a sus metáforas para que nos reconciliemos.
A menudo se ha intentado simplificar la poética de García Álvarez definiéndola como una interpretación contemporánea de la pintura canaria. La luminosidad de su pintura y la búsqueda de identidades culturales en las artes plásticas desde los ochenta, han propiciado esta lectura de su obra, que, si bien no es incierta, sí es insuficiente. Su discurso no es sólo el de la luz, se inscribe en un debate más amplio que incorpora los aspectos sensoriales de la existencia como valores consistentes que no poseen menos jerarquía que otros intelectuales. Recupera la tradición del goce de la vida sencilla y el respeto a la naturaleza. El artista no renuncia a proporcionarnos una conmoción mental, pero estima que no es la retórica la forma más adecuada de desencadenarla. La sensibilidad y la sensualidad, valores en decadencia en este fin de siglo, pueden ser al menos igual de operativos.
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