Nocturno
Laberinto
Construcción
en un paisaje
Montaña roja
El viaje

Representación plástica de la soledad existencias del hombre del sufrimiento, la serie LOS MARGINADOS, de Gonzalo González , es también un itinerario del horror. Una galería de retratos de seres anónimos, de víctimas de destino más que de una circunstancia social o política. A los que el número en la frente es un sello que no los identifica, sino que los remite a la multitud de los enlutados. Son ilustraciones del dolor como padecimiento íntimo y de 1a angustia del hombre, resueltas con un ademán expresionista y una técnica neofigurativa de resonancia postbaconiana.

Gradualmente, la figura humana desaparece en la obra de Gonzalo González, y el paisaje, o mejor, la naturaleza en efervescencia, ajusta ámbito de su discurso. Una naturaleza que no copia, ni reproduce, ni evoca ningún paraje conocido, que existe sólo como realidad pictórica. Es una latitud en la que el artista investiga, en un primer momento, la expresividad del color y la dialéctica entre elementos telúricos y vegetales peludos, y que pronto convierte en un campo pictórico de acción. En una imagen especulativa de las fuerzas de la naturaleza y su movimiento pertinaz.

En un paisaje de tierra calcinada, inhóspito, iluminado por incendios y arrasado por el viento solano. El paisaje es una ruina, el confín de una hecatombe, el ascua de una tragedia que aún no se ha apagado y que ha extinguido al hombre. Del que sólo tenemos noticias por unas extrañas cons trucciones, los restos de una civilización, que funcionan plásticamente como el contrapunto de razón y orden, en un espacio destartalado por el caos y las pasiones. Un espacio que sintoniza con el de los románticos en su melancolía cósmica, y con el que discrepa al no extasiarse en lo crepuscular. Para Gonzalo González el ocaso no es fascinante, inserta lo trágico. Es más bien un espacio barroco, de fuerzas en conflicto, y existencialista: sometido a la experiencia del artista

Las pinturas de Gonzalo González fondean en lo misterioso, en lo insondable. Dan noticias de un viaje obsesivo hacia el interior del ser, hacia el centro de la noche. El cuadro titulado El víaje es ilustrativo y marca un punto de inflexión en su poética. La imagen ya no evoca la catástrofe sino que nos sumerge dentro de ella, nos absorbe como un agujero negro, concita a lo ignoto. El caos se ha convertido en un muro, en una pesadilla obsesiva que se alza verticalmente. El artista deja dos posibilidades, la franja azul de la luz y el despertar, o el viaje hacia otro sueño, hacia lo desconocido, hacia el agujero negro.

Gonzalo González no puede optar, su biografía es un vértigo por la obscuridad. Y lo que nos descubre detrás del muro, a través del hueco, más allá del vacío, es un nuevo paisaje de soledad, otra travesía por los sepulcros de la conciencia. Un enorme cielo negro y una pequeña franja de mar tenebroso, separados por una línea de horizonte que concilia los dos hemisferios caóticos y que tiene la misma función que los monolitos de su obra anterior, la de insignia de la razón y de lo humano. Un puerto en el que el espectador puede anclar su visicitud existencial. El resto es deriva.


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