La flecha de cupido
La cafetera del prado

La vida de Juan Hernández fue fugaz, nunca pudo celebrar su treinta y dos aniversario. La adolescencia de una actitud que buscaba la sorpresa y lo irrepetible se transformó en destino. Cada hombre es dueño de su tiempo y Juan Hernández intuía la mezquindad del suyo: “Siento que tengo poco tiempo, que por mucho que trabaje no tengo tiempo de realizar todo lo que tengo que hacer”. Pero, mientras discurría, trabajó duro, estaba siempre aprendiendo y empezando, era un hombre de acción que se tomaba el arte muy en serio y que también reía.

Calamares Cupido y el amor Nocturno I- el faro

Sus primeros cuadros, unos “paisajes aéreos” en blanco y negro, mostraban a un artista impulsivo con un lenguaje directo, gestual y explosivo. La revisión de la obra de Marcel Duchamp y el hechizo de Juan Hidalgo le llevan a “cuestionar el término cuadro en su sentido tradicion”. Realiza “Performance” y trabajos de “Body art” que pronto abandona, ya que “hay que especializarse en cada materia” y no duda en elegir “la pintura como oficio, como siempre ha sido”.

Desde entonces, el color colma sus lienzos, muy luminoso y festivo al comienzo de la década de los ochenta, cuando pinta versiones del Almuerzo Campestre y de las Infantas; ácido y opaco en su serie de ANIMALES SOLITARIOS; sombrío y misterioso en sus “calamares”, “cafeteras” y “lámparas”. Definitivamente nocturno en algunos de sus últimos “poemas del faro”. Un color turbio, dispuesto en amplios brochazos y chorreante, confiado a la certeza de la pasión y estructurando el espacio pictórico en planos horizontales, o livianamente inclinados, al que da profundidad la incorporación de algún elemento vertical.

El argumento suele ser un objeto creado por el hombre o un animal, aunque tampoco es infrecuente la figura humana reducida a una silueta a lo esencial de su formalidad. “El hombre está siempre en mis cuadros representado por los elementos que a diario lo acompañan y denotan su existencia.. Mi testimonio del hombre es la representación de los objetos que acreditan su presencia”. A menudo los objetos están rodeados o situados en la naturaleza concebida no como descripción sino como fondo y luz. Al igual que los objetos, víctima de la tensión emotiva del artista que los usa para transferirles su personalidad, para “hacer visible el núcleo íntimo de su ser”. Sólo en sus “cafeteras” el objeto permanece incólume a las pasiones del artista, es en sí mismo un objeto del deseo que se deja mirar. Está ausente de la vorágine que 1o rodea, en un recinto calmo y atemporal que evoca a Zurbarán y a Morandi.

Conocedor de que la variación está en la mirada y no en la forma, de que “todo es irrepetible: un suspiro, un aliento, una caricia, una postal.... un recorrido”. Se decide por un método de trabajo serial, la reproducción; de un mismo objeto; los distintos cuadros sobre el mismo tema son tanto un trabajo con la diferencia como con la repetición. La pasión de la mirada perturba al objeto que sigue siendo formalmente el mismo y es otro, el artista no trata de representarlos sino de presentarse. Y lo hace con honestidad, sin nada que ocultar, con toda su inocencia y frescura, con su alegría y su angustia, con una vitalidad desbordante y un lenguaje figurativo que pueden degustar mejor los aficionados a la abstracción.


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