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| Cráter |
Casi toda la obra escultórica de Juan López Salvador ha sido realizada en madera, sólo en el último lustro aparecen los metales en su poética. Justo cuando consigue precisar el discurso, los materiales son intercambiables; atrapada la idea, las variaciones en superficie son inocentes. Lo sustancial no se altera aunque el material da registros diferentes: dramático y emotivo con la madera, impersonal y frío con el metal.
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| Jardín | Acantilado I-II | Paisaje | Mural |
En sus primeras esculturas, que él llama jardines, una pareja humana con ropas blancas sonambulea junto a una choza, algún árbol y plantas cactáceas. El espacio, acotado por pilares de madera, se acoge al concepto dilatado de la escultura contemporánea, e informa del componente narrativo de estas obras que nos remiten a un mundo de magia y ritual. Un mundo en el que el hombre no es el centro sino una parte del universo, un pedazo más de la naturaleza con la que se unimisma y toma conciencia de su nimiedad, como parece indicar lo diminuto de la figura humana y su integración espiritual -simbolizada en el color blanco- con los elementos que la rodean. Una interpretación plástica de la visión directa del mundo y de la mirada interior que un brujo yanqui enseñó a Carlos Castaneda.
Cuando el jardín se derrama adviene naturaleza, las formas dejan de ser narrativas y lo irracional poético descubre su poder de fascinación. A este ámbito, inmenso y cambiante, va a orientar su exploración Juan López Salvador. El aspecto de la naturaleza petrificada y erosionada por el tiempo, su misma sensación de vértigo e inestabilidad, son transferidas a sus esculturas. Acantilados, simas o cráteres, imágenes de piedra que el artista evoca en madera, con el virtuosismo de un artesano y la sensibilidad de un escultor contemporáneo que encuentra en la naturaleza la orografía de su lenguaje.
A menudo, las esculturas están formadas por varias piezas que acoplan hasta formar el objeto deseado, la identidad preestablecida. No son nunca piezas que puedan ser dispuestas arbitrariamente, aunque sus partes son movibles deben ser encajadas en el lugar justo para que funcionen. El artista no quiere establecer un diálogo con el azar sino con la naturaleza, revelar lo precario de la geografía y de la vida, la construcción de la identidad mediante fragmentos, la inestabilidad de todas las relaciones, la presencia del vacío en medio del orden y el vértigo de la existencia.
Una lectura ética y sensorial de la naturaleza que no elude lo teatral, en lo que se refiere al énfasis de la representación, y que, cuando se realiza en metal, amortigua el elemento emotivo y acrecienta su plasticidad. La sustancia y el tema del discurso siguen idénticos, sólo algunas metáforas son desplazadas por otras. El lustre del metal no sugiere la erosión como la madera, pero sí valora lo tectónico y lo monumental. Aspectos complementarios de una escultura plena de sugerencias que, en ocasiones, incide más en un aspecto que en otro, pero que nunca apaga el pábilo que la alienta y en la que siempre oímos el mismo fragor.
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