Bodegón
Tafira camino viejo
Atlántica II
Bodegón
Arbol

A la hojarasca del mundo actual, Rafael Monagas opone una pintura densa, rica en materia y en memoria. El ensueño lumínico de Vermeer, la composición de los constructivistas rusos, el azul añil de Matisse y la magia cromática de Rothko; junto al almagre de la tierra, el paisaje olfativo de su infancia, un natural austero y el bosque de la identidad. Aposentos en los que instala la obra de este artista, heredero de una tradición que sincroniza la modernidad con los ancestros y que, en Canarias, tiene dos ilustres emisarios: Manolo Millares y Martín Chirino.


El espesor de su pintura, su plasticidad y valoración de lo táctil evocan las paredes de las grutas donde dibujaba el hombre primitivo. La gama de colores empleada, el aspecto terroso de la superficie pictórica, la humedad y el silencio confirman esta impresión. Tampoco es extraño que en su recinto pictórico aparezcan alusiones directas a formas empleadas asiduamente por los primitivos canarios, en especial la triangular de la pintadera.

El discurso de Rafael Monagas suele organizarse en torno a dos temas frecuentados por la pintura: el paisaje y el bodegón. Lo que fundameta no es la imagen sino cómo está pintada, el modo en que el artista descubre otra profundidad en lo obvio y nos lo revela sustancioso. Es decir, con mucha materia y contenido, con una espléndida factura, una tendencia a lo sintético que a veces deriva en geometría y una búsqueda de la esencia de los objeto y del pensamiento. Lo que puede explicar su apego a los símbolos, que condensan la idea y que la memoria nos ayuda a leer como las letras de un alfabeto. Cada uno de sus cuadros es una pictografía con identidad plástica y conceptual, pero simultáneamente pertenece a un lenguaje olvidado o imaginado al que Rafael Monagas convoca, cita o añade nuevas posibilidades expresivas.

En los arcanos de la memoria escarba y desmocha Rafael Monagas auscultando la identidad, la cualidad de idéntico que existe en los hombres de todos los tiempos. Manifestarla en un objeto plástico, en sus cuadros, ése es el blanco al que se dirige su poética y que halla en la naturaleza su metáfora locuaz.

En la década de los noventa, Rafael Monagas, sitúa su argumetación en el paisaje, la redacta con el minimalismo formal de un diagrama y 1a sintoniza con la memoria, que flota en el tiempo y “reside fuera de nosotros en una ráfaga lluviosa, en el olor propio de una habitación, en el aroma de un llamarada”, o, en la humedad de un paisaje. El artista se expresa con discreción, sin alardes emotivos, conceptualizando visualmente un espacio que es geografía de la memoria.


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