El producto sublime Secreciones telúricas
desde el Subtrópico Macaronésico

La obra plástica de Ernesto Valcárcel es inseparable de sus escritos, que la complementan y enriquecen. Es el artista el que habla: “Mis orígenes en el área de las artes plásticas me sitúan a partir de la abstracción, donde el cuadro-objeto no representa nada conocido o visto; se representa a sí mismo. Un vestigio de este principio persiste y evoluciona a lo largo de toda mi producción, ya que siempre quise -aunque lo sé ahora confeccionar un Producto Sublime tan rico y autosuficiente para emitir significados, como intenso y rotundo en su cualidad significante”.

La Mapunda azul
Bastones de poder
Acitaicini Evalc

“De ahí mi fascinación por la literatura Alquímica -que ejerce en mí el efecto de la poesía pura-, cuyos procesos operativos y existenciales tanta similitud poseen con determinados planteamientos del Arte y del Artista. obstante, la característica más relevante de mi producción plástica -a partir 1978- sea, quizás, un constante cambio de tema, técnica y estilo que me 1leva a suscribir el aspecto fundamental de la teoría de Bonito Oliva sobre Transvanguardia. Es decir: la apropiación o utilización de cualquier capítulo de la Historia en beneficio de mi discurso personal. Lo cual desemboca inevitablemente en una obra ecléctica, multidisciplinar, e incluso pluridimensional, que, sin embargo, no impide localizar fácilmente ciertas constantes como la investigación matérica, el recurso a procedimientos creativos como la fragmentación, el constructivismo y la presencia paralela o complementaria de una producción literaria e ilustrativo acumulada en los XXIII manuscritos Uacsenamianos, consustanciales a mi trabajo plástico... Un cuaderno de bitácora, 'caja negra de mi expedición existencia' ”.

Y, además, el arte como un juego, como un entretenimiento existencial. Un diálogo entre el hombre y la materia que se resuelve más en un ritual de gran plasticidad que en una obra de arte. Ni siquiera puede establecerse una secuencia cronológica de los productos que segrega Ernesto Valcárcel ya que, en su mayoría, son reciclados. Fragmentos de otras obras que se combinan de nuevo, ilustrando la trillada idea de Heráclito de que todo cambia y al mismo tiempo permanece inalterable. Tampoco se puede hablar de estilo, de unidad temática, sino constatar el acento expresionista de una obra desmitificadora del hecho artístico en la que las sugerencias duchampianas son transgredidas con una nueva valoración de lo retiniano, en la que las referencias a la historia del arte (Beuys, Manzoni, Povera, Conceptualismo, Dadaismo ... ) son tan importantes como su sincronía con el pensamiento científico y filosófico. La alquimia, el chamanismo o la doctrina Zen proporcionan tantos datos de su obra como la tradición pictórica.

Ernesto Valcárcel nos remite a un nuevo estado evolutivo del arte que “ha abierto el cauce del sentido”, mediante imágenes para el pensamiento que no desprecian la retina. La obra es simultáneamente un proyecto, sin final ni principio, un episodio de la actividad creativa más que un resultado. Admite la gura del heterónimo y establece la provisionalidad. Cualquier procedimiento plastico es válido, el compromiso es el manipulado de la materia; sus obras son el resultado de este proceso, vestigios existenciales que recuerdan el paso del autor.


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