
Probablemente David Drago encarna en el actual panorama insular
al mas radical prototipo de artista contestatario, irónico, rebelde,
inconformista, y denunciante, que pueda generar este subtropical "Paraíso
del Atlántico", pletórico de turistas, masiva y democraticamente
abocado a los mas variados eventos y convocatorias folklóricas,
carnavalescas, salseras y deportivas. Y, consecuentemente, abyecto,
yermo o, en el mejor de los casos, ajeno a su "incómoda" postura
que, desde comienzos de los 90, anda "metiendo el dedo en las llagas" que
le atañen -abriendo incluso alguna por su propia cuenta y
riesgo- pero consiguiendo sin embargo y pese al ímprobo desarrollo
de su empresa, no solo no pasar desapercibido, sino constar, progresiva
e ineludiblemente, en el mismo panorama artístico regional contra
el que él "la tiene cogida". Tautológica paradoja del azar,
tantas veces repetida. Algo así como lo que le pasaba a Joseph
Beuys con las grandes instituciones financieras a las que atacaba "sin
resuello" y que, a cambio, contribuyeron pragmáticamente y sin prejuicio
alguno a convertirlo en un gigante histórico, rico y famoso, adquiriendo
sus obras como una infalible inversión financiera. Algo así
-decía- pero al revés. D.D. con encomiable estoicismo
y aparentemente inmune a la adversidad, despliega en el transcurso de la
década, con constancia e incuestionable pericia (fruto de un espontáneo
e innato talento re-creativo que domestica y complementa con una amplia
y variada autoformación profesional) una sólida secuencia
de obras y eventos plásticos que, pese a su consciente, voluntaria
y alevosa actitud iconoclasta -a veces provocativamente antiartística
y antiestética- denota sin embargo y pese a todo, una rigurosa
e irreversible preocupación estética y constructiva, junto
a un corrosivo pero superior sentido del humor -negro o gris-
que espero le sea justa y prontamente reconocido.
