Con Juan Carlos Batista no dudo en forzar convenientemente mi restrictiva intención de articular estos discursos con la obra de artistas emergentes en esta última década y, consecuentemente, poco conocidos. Todos los que tenemos alguna relación con las artes plásticas regionales reconocemos la aportación de J. C. B. desde su notoria aparición, a mediados de los 80, con su sorprendente colección de "Pipas" en las que evidencia una incuestionable habilidad escultórica y un virtuoso dominio de la talla. Con ellas consigue además diversos premios –regionales y nacionales- incorporándose así al panorama artístico canario, en el que, hasta comienzos de los 90, se manifiesta claramente como escultor, recorriendo esta etapa a través de una secuencia de recursos técnicos y estilos diversos que, paulatinamente se alejan de lo artesanal y evolucionan abiertamente hacia lo experimental. Sin embargo, el Juan Carlos que está aquí representado es otro artista, remotamente vinculado al escultor precedente. De hecho, cuando organizando esta exposición intenté localizar al autor de estos papiroflecticos recipientes ilustrados por un misterioso, variado y eficaz documento fotográfico, me sorprendió muy gratamente reencontrarme con el genuino artífice de aquellas inolvidables "cachimbas". Recorriendo pues su trayectoria, nos encontramos con su transmutación hacia 1992, cuando junto a Nestor Torrens -en su mutua exposición "con cierto riesgo"- irrumpe en su actual soporte fotográfico, con obvia pericia y una renovada inspiración. En el transcurso de estos últimos años, su nueva técnica y lenguaje retorna y refunde muy convincentemente su previo carácter tridimensional o escultórico al manipular el papel fotográfico con técnicas de papiroflexia, incorporando así el carácter de instalación a sus efectivas apariciones públicas en exposiciones recientes. Magnificas e insinuosas series con elocuentes títulos como "el habitat de la Bestia", "trampas de la memoria", "los paisajes de Zötl" o "la isla Gruyère", desembocan en esta última serie: "el bosque improbable" en la que su habitual "paisaje inventado" surge de una decalcomanía en la que "como un satélite espía la lente escudriña hasta el último rincón de esa maculatura topográfica".