
El nuevo carácter sincrético y mestizo del arte, no es,
en el caso de Lena Peñate Spicer una mera condición
metafórica, sino la esencia misma de sus procedimientos y recursos
re-creativos así como una característica inherente a su propia
naturaleza humana (como sus propios apellidos nos indican). El aspecto
formal y visual de sus intervenciones artísticas podría resumirse
básicamente como una escenografía mutante que despliega con
fruición y seguridad -donde y cuando a ella le interese- gracias
a su pericia en la coordinación de los diversos recursos técnicos
-o de oficio- que para ello se requieren: el dibujo, la escultura,
el diseño, la percepción tridimensional, geométrica
y topológica del espacio, la experimentación matérica,
la construcción... Ante estas cualidades uno podría preguntarse
¿Y cómo es que esta chica no se ha hecho arquitecta? (de
hecho yo me atrevo a afirmar sin titubeos e incluso a aseverar jactancioso
que ¡lo haría muy bien!. Aunque ignoro hasta que punto estaría
dispuesta a estudiar mas álgebra, física y cálculo
de estructuras que el que se requiere para utilizar una calculadora elemental
–que suma, resta, multiplica y divide- y que es, a la larga, la única
que usa el 97,83504% de los arquitectos). Pero el aspecto formal y visual
del arte, no es, para el genuino artista, mas -ni menos- importante
que el espiritual -intangible e inefable- Y es desde esta complementaria
simbiosis -mas propia del artista plástico que del arquitecto
y afortunadamente adoptada por L.P.S.- donde la ubicación
y actitud de esta artista hereda, consanguineamente y en línea directa,
la interpretación cosmogónica de "la realidad" y los atributos
del demiurgo ante "la existencia". Pues, su "escenografía
mutante" no solo comprende el escenario, los decorados, el telón,
el mobiliario, la luminotécnia y la tramoya, sino el elenco íntegro
de protagonistas (no solamente actores) que posibilitan el fenoménico
evento, en el que, con el mas puro acento Pessoano, el habitual y tradicional
drama en actos se torna aquí un "drama en gentes", para cuya escenificación,
la encarnación telúrica de L.P.S. incuba (¿o sucuba?)
el papel del apuntador.
