No es el más famoso ni internacional de nuestros artistas, pero es el que más ha influido en la pintura canaria de los últimos treinta y cinco años. Esto no es casual, su entendimiento y práctica de una pintura moderna, su magisterio estructural y poético, convierten a sus cuadros en una lección de pintura. Donde los pintores descubren un oficio impecable y los espectadores buenos cuadros.
La colocación de la mancha en el sitio justo, una sólida estructura, un concepto espacial claro y unas relaciones precisas entre los diversos elementos, esas son las constantes de su pintura. La que encontró en 1960, en su serie de los "lcerses". Una obra abstracta, de intensidad espacial y lírica, donde sólo aparecen una mancha u dos, en colores tenues e insinuando desplazamientos. Lo deslizante y lábil del ser, su cualidad evanescente y transitoria.
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| Serie "Bosque" (1994) | Icerse | Serie "Coches" (1995) | ||||||||||||||||
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| Serie "Coches" (1995) |
Su pintura es una larva que empieza a moverse y a formar un esqueleto, una estructura más sólida que aún recuerda el cuerpo de oruga. Y, poco a poco, en una lenta evolución que dura toda la década de los sesenta, va desperezándose por todo el espacio del cuadro. A medida que la osamenta se consolida amplía el cromatismo y el aspecto antropomórfico de la imagen. Una imagen ingrávida que parece navegar por el espacio como los cosmonautas de esos años, y en la que el color va adquiriendo protagonismo. El título de esta serie, la más extensa y conocida de Pedro González, es axiomático: Cosmoarte.
La pintura se va haciendo cada vez más escenario de un drama humano y la osamenta, que parecía fósil, se viste de carne. La obra se revela ahora figurativa y surge en forma de retrato. El modo de componer no varía, el de pintar tampoco, la mancha ordena y lo narrativo pierde importancia. Declina en lo absolutamente pictórico, en la inquietud germinal, despojada otra vez de retórica.
Y, precisamente ahora, cuando la temática es mustia y la pintura sola es lo que importa, Pedro González, inicia una revisión de los géneros tradicionales. Al retrato siguen bodegones, desnudos e interiores. El motivo se ha vuelto insustancial, el artista se siente capaz de transferir su impronta a cualquier imagen, de encontrar su pintura en el mar, en el bosque o en los coches. Ya no nos cuenta cosas, se descubre y nos muestra su mundo interior. El método sigue siendo Velazquiano, el encuentro en la acción, sin esbozo previo, inmerso en la desnudez. Así halla Pedro González su forma determinante, en la que se reconoce, la que delimita su autenticidad.
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