"LATIDOS"

Comisario: Carlos Díaz-Bertrana

s/t. Madera
s/t. Plancha de plomo,
D. M, acrílico
s/t. Madera
s/t Madera

La escultura del siglo XX faculta el desmán, viola todas las normas de la estatuaria pretérita y se desparrama por el espacio. No hay lindes, sólo pervive su aspecto tridimensional. Es la manifestación artística que más se ha dilatado, conceptual y materialmente. Raro es que se ocupe de la armonía, el canon, la belleza o deformidad del cuerpo humano. Más usual es que sólo se represente a sí misma, o se convierta en un territorio donde el autor labra su individualidad.

Juan López Salvador no es ajeno a esta nueva situación, su lenguaje es sincrónico, participa de su tiempo. La naturaleza es su referente sensorial y su metáfora el ser, la esencia de las cosas. Los desequilibrios, vértigos y precariedades del paisaje exterior se insertan en su obra. Añade a la naturaleza un temblor humano, la muda es símil de la existencia y le da cuerpo de escultura.

Las fracciones de su obra son abstractas, su corazón naturalista. Sólo en su últimos trabajos la pesquisa formal es endógena, obstinada en la investigación del lenguaje artístico. La mayor parte de su escultura está realizada en madera, un vegetal al que potencia sus cualidades expresivas y su indeterminación poética. Cuando trabaja el metal, plomo, hierro o acero, prima lo especulativo, la metafísica mental y la seducción de la geometría.

En todas sus esculturas, sean de madera o metal, existen muchas luces y sombras, lugares recónditos y manifiestos, volúmenes rotos, lineas rectas, y un cierto desdén por lo curvilíneo y lo compacto. Juan López Salvador constituye el recinto escultórico acumulando materiales; engarza o yuxtapone los diversos elementos, hasta obtener el efecto querido que torna lo manual en arte. El proceso creador es transparente, el público puede ver y sentir como se ha gestado la obra, el modo en que se ha gestado la obra, el modo en que se han conciliado las diferentes partes hasta convertirse en un objeto artístico. El misterio que transforma unas piezas inertes en pálpito de vida, en fluido metafórico y latido que estremece toda la composición y la titula.

s/t Madera

El artista nos informa que en su series anteriores la referencia ha sido la roca, lo inalterable, una imagen estática frente a la diversidad de la vida. Ahora , en Latidos, prima el movimiento, explosivo o implosivo. A través de los volúmenes se intuye la diversidad biológica. También dice que los volúmenes geométricos, en virtud de sus múltiples desplazamientos, donde intervienen ángulos que se confunden o contrastan, abarcan la simpleza de una línea recta y el laberinto de una mañana, produciendo variables donde lo simple y lo inescrutable transmiten con su misterio lo único importante para el artista: la sensación del proceso creativo y el encuentro del espectador con su realidad.

La nueva valoración del movimiento que sacude la escultura de Juan López Salvador se manifiesta expansivo y ascendente en las piezas donde la textura es vibrátil. En las otras, de superficie lisa, el movimiento es interno, el cubo/prisma se pliega sobre sí mismo. Y el matiz cuasi pictórico de la faz, que procuraba la oscilación de la luz sobre la superficie devastada, y que caracteriza casi toda la producción, es ahora virtual. Las esculturas están pintadas de color morado, y la luz ya no crea un efecto de vibración sino de deslizamiento.

Plancha de plomo,
DM, acrílico
s/t Madera Plancha de plomo,
DM, acrílico

En las primeras, continúa evolucionando un lenguaje informal de memoria paisajista; en los cubos/prismas, se acerca a los postulados del constructivismo y del arte minimal. Una, parte de la naturaleza, la pasión y lo irracional; la otra del espacio mental, de la refección sobre las formas y el análisis. Dos modelos operativos diferentes para afrontar el hecho artístico, y una señal del eclecticismo de nuestro fin de siglo que permite a los artistas actuales manejar todos los códigos expresivos. Lo que fundamenta es la densidad de los encuentros, no el material o el lenguaje en el que se encarna. El medio ya no es el mensaje.

Lo uniformidad es la muerte, la diversidad la vida. Una afirmación de Bakunin ilustrativa de la nueva situación del arte y que Juan López Salvador parece compartir. De hecho, si presentara en solitario los cubos/prismas, podrían pensarse que pertenecen a otro artista. La textura es distinta, el material también; el movimiento de una es expansivo, el de la otra implosivo. La oposición es tan radical que nos hace pensar en un negativo, en una aventura hacia el otro lado del espejo que complementa y refleja la pluralidad del Yo del artista. La coherencia ya no es un atributo sino un lastre que merma el caudal de las nuevas posibilidades expresivas. La contradicción es inherente, el envés deviene plausible.

s/t Madera Plancha de plomo, DM, acrílico s/t Madera

Insertar el orden en el movimiento, hacerlo cabal, poéticamente correcto y con resonancia metafísicas, no parece oponerse sino colmar un trabajo precedente seducido por la insensatez y el vértigo de la naturaleza, por la primacía de lo fortuito sobre la búsqueda, del enigma de lo indeterminado sobre lo previsible, de la intuición sobre el cálculo. Como señalé anteriormente, lo que sutura es la densidad metafórica analógica y especulativa del artefacto estético creado. El proceso seguido por el artista es información sola.

Aunque " vivimos en el olvido de nuestras metamorfosis", los que estudiamos las obras de los artistas tenemos la pretensión fantasmal de recordar y expresar la esencia de su trabajo, de aclarar las incertidumbres que lo tildan. En el caso que nos ocupa, el de Juan López Salvador, el énfasis en la presentación impecable, en el placer del trabajo bien hecho, en congelar la danza de las formas y lo volúmenes sin perdida de sensación de movimiento. También deja huecos que transpiren lo ignoto y hace fluir la escultura como si fuese una corriente energética que encadena procesos asociativos y especulares en la mente que mira.

Plancha de plomo,
DM, acrílico
s/t Madera Plancha de plomo,
DM, acrílico

Las obras de Juan López Salvador activan primero la sangre y la imaginación, luego el cerebro. Tras fascinar se ofrecen a la exégesis. El mecanismo es similar al de la naturaleza después del impacto buscamos el porqué.

También coincide en proporcionar respuestas liquidas: su enigma es irresoluble y eterno, de Ahí su fascinación. El arte bueno siempre esparce incógnitas, la emoción estética es un sin sentido, pero nos permite atestiguarnos, descubrir nuestra realidad que diría Juan López Salvador. Absurda e irreductible al diagrama diríamos nosotros.

Plancha de plomo,
DM, acrílico
s/t Madera
Plancha de plomo,
DM, acrílico

En la abstracción principia su trabajo y, sin dilación, la naturaleza emerge como símil. Voluble, provocando dislocaciones y equilibrios insólitos. La apariencia de precariedad de su estructura, de asar e inestabilidad. Un equívoco, pues el artista encuentra un sentido en lo improbable, todo está medido, si bien es cierto que de un modo incuantificable. Juan López Salvador, elige las piezas, las trabaja, las coloca junto a otras, altera si disposición inicial y, de súbito, todo encaja. El arte acontece. El protagonista no es sólo el albur, él estaba en el sitio justo en el momento adecuado, fue el orífice que transformó en sustancia preciada un material inane.

No es fácil repetir el proceso, pero vuelve a empezar, sabe que su trabajo es hermético. De nuevo coloca los pedazos en un sitio y otro, hasta que surge su ubicación esencial. Los volúmenes solos no hablan, hay que ayudarles. El artista es una partera, luego el neonato crece empieza a hablar, como las esculturas de Juan López Salvador. De lo fragmentario del ser, de la inestabilidad de las relaciones, de las zonas oscuras y de la luz, de las tensiones y sosiegos de la vida, de la complejidad y del vacío, de las fuerzas divergentes que nos impelen a un lado u otro, del placer de la aventura intelectual y la turbación imprevisible. Lo que acaece a los hombres puede rastreare en estas esculturas, lo esencial se hace realidad, se nos acerca desde su guarida evanescente y lo reconocemos como nuestro. El artista nos hace partícipes de la condición humana.

En este fin de siglo, donde muchos opinan como Sófocles que la vida más dulce es la de no pensar en nada, Juan López Salvador y numerosos artistas son seres extravagantes. Creen que el arte es contingencia, probabilidad de que suceda o no, pero son ellos los que tienen que lanzar los dados, conferir un destino al azar, una poética el deseo.

Fdo: Carlos Díaz-Bertrana


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