Óleo s/lienzo. 100 x 82 cm. |
Óleo s/tabla, 73 x 61 cm. |
La estética de estas nuevas ideas impregna, pues, la pintura de los indigenistas. Entre ellos, uno de los que mejor ilustra esta tendencia es Santiago Santana.
Santiago Santana había nacido en 1909 en Arucas. Gracias a una beca y a su disposición notable para el dibujo, pudo compaginar sus estudios con el aprendizaje en la Escuela Luján Pérez. Él había sido uno de los alumnos que en 1929, participando en la exposición ya citada, dio lugar al indigenismo. Él fue también uno de los que entusiasmado ante la modernidad, había leído con avidez el libro de Roh.
La visión de su pintura en la década de los treinta -aún era muy joven- es clarificadora para descubrir el ansia de conocimiento que impregna su obra, la necesidad de situarse cerca de las líneas maestras de la vanguardia. No se trata sólo de los estupendos desnudos que en ocasiones escoran ligeramente a sus admirados maestros, desde Picasso a Gauguin, sino de otras líneas sintomáticas que aparecen en su pintura, pese a que a principios de los treinta, la pintura de Santiago Santana está en ciernes, en estado embrionario. Sin embargo, ya desde entonces, podemos apreciar la captación magnífica del espacio y la rapidez de su trazo como en las acuarelas del Muelle de Las Palmas y de la Plaza de la Feria.
Su inquietud, las inacabables ganas de aprender que le acompañaron durante toda su vida, le conducen en 1932 a París y después a Barcelona.
Boceto para escenografía, Plaza de Montmartre,
1932
|
En París se deslumbra. En París asiste a las écoles livres, al igual que después en Barcelona, y Santiago Santana adquiere ahí el amor por el desnudo, por la figura de mujer en reposo o en acción. De París sale también con una intención de dar mayor colorido y movilidad a las formas. La expresiva Place de Montmartre que pinta como boceto escenográfico tiene mucho de expresionista, pero también de un uso del color cercano a los fauves y los nabis. |
Su admiración por Modigliani y Cézanne, cuyas obras puede
observar en directo durante su estancia en la capital francesa, repercute
en los dibujos del natural, en los desnudos femeninos, cuya sensualidad
se mantiene latente a lo largo de su trayectoria vital. De regreso a Barcelona,
pues su exigua beca no le permite quedarse en París, se apunta en
la Escuela Sant Just, y allí asiste a clases de dibujo al natural.